Entre épicas batallas cinematográficas y tardes pescando en Nueva Zelanda, Viggo Mortensen ha sabido construir una carrera que desafía etiquetas. Actor, poeta, fotógrafo, editor y, ahora último, director, su figura trasciende Hollywood y conecta con fuerza a este hombre nacido en Nueva York en 1958, con un rincón muy específico del mundo: Argentina. Más aún, con un club que también marcó la vida del recientemente fallecido Papa Francisco, San Lorenzo de Almagro.
Mortensen pasó gran parte de su infancia en Buenos Aires, donde no solo aprendió el acento rioplatense, también cultivó un vínculo profundo con la cultura local. Su identificación con San Lorenzo no responde a una moda ni a una pose ocasional, es un lazo afectuoso que ha sostenido con los años. En entrevistas, alfombras rojas o encuentros casuales, es común verlo la camiseta azulgrana, y más de una vez ha aprovechado la tribuna internacional para expresar su apoyo al club.
Ese amor compartido por San Lorenzo también ha sido un punto de encuentro simbólico con el fallecido Papa Francisco, cuya pasión por el equipo fue ampliamente conocida. Ambos, desde papeles distintos hicieron del club una forma de pertenencia y de identidad. En Mortensen, esa fidelidad va más allá de lo deportivo, es parte de su biografía y de su forma de estar en el mundo.
Pero fue justamente el papel de Aragorn, el que marcó un antes y un después en su carrera. Aunque ya tenía un camino recorrido en la actuación, fue la trilogía dirigida por Peter Jackson la que lo posicionó como una figura mundial. Y lo hizo sin renunciar a su esencia. Mientras otros actores descansaban en el set, Viggo se escabullía en solitario a los ríos de Nueva Zelanda. Pescaba, pensaba, respiraba, lejos de las luces, cerca de su centro.
Las tres películas de El Señor de los Anillos dejaron un legado cultural para los seguidores de Tolkien, pero también para una generación que encontró mucho más que entretenimiento. Fue un viaje lleno de valores: la valentía, el honor y el sacrificio frente al mal. Interpretar a Aragorn no solo requirió destrezas físicas y emocionales, también conectó a Viggo Mortensen con una forma de liderazgo silencioso y ético, muy en sintonía con su modo de estar en el mundo.
Esa vida tranquila, casi contemplativa, también se refleja en sus decisiones artísticas. Alejado del circuito tradicional de estrellas, Mortensen ha privilegiado proyectos con sentido personal, muchas veces ligados a la literatura o a causas que considera justas. Su editorial, Perceval Press, ha servido para visibilizar a autores latinoamericanos, muchos de ellos argentinos.
Y en ese mismo espíritu comprometido, en días recientes no dudó en alzar la voz contra las políticas culturales del gobierno de Javier Milei. Mientras presentaba su película Hasta el fin del mundo, el actor criticó el desfinanciamiento del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (NCAA) y lamentó las trabas que hoy enfrentan los cineastas independientes. No se trató de una opinión oportunista, fue la reacción de alguien que ama una tierra que también siente suya.
Viggo Mortensen no fue solo el rey de Gondor. Es también el chico que se crio en la provincia de Chaco, que va a la cancha cuando puede, que lee a Borges, que escribe poesía, habla élfico y que se escapa a pescar cuando la vida se pone muy ruidosa. Su historia es la de alguien que nunca ha dejado de ser quien es, incluso cuando el mundo lo aplaude por ser otros.
Foto: Montaje realizado a partir de fotos de archivo.

