Jueves, Marzo 5, 2026

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El Eternauta: ciencia ficción con acento latinoamericano

Pocas adaptaciones logran sostenerse con firmeza frente al peso simbólico de la obra original que las inspira. El Eternauta, el icónico cómic de Héctor Germán Oesterheld (ilustrado por Francisco Solano López en 1957) no es la excepción. Su llegada a Netflix, dirigida por Bruno Stagnaro, asume el desafío con respeto y ambición, logrando en varios aspectos estar a la altura. En un escenario audiovisual saturado de un mundo distópico, en este caso la idea es clave, anclar la historia en el paisaje urbano de Buenos Aires. Así, no solo revive uno de los cómics más influyentes del siglo XX en Latinoamérica, también propone una mirada contemporánea que dialoga con la obra original.

Uno de los mayores méritos de esta adaptación es su capacidad para construir atmósfera. La nieve mortal que cae sobre la ciudad, las calles vacías, el silencio, todo contribuye a una sensación constante de extrañeza. Y lo hace sin abusar del recurso digital, confiando más en una dirección de arte inteligente y en locaciones escogidas con cautela. Esa decisión le da una esencia propia, un tono distinto, una manera de entrar en la ciencia ficción sin romper del todo con lo cotidiano.

El elenco protagónico sostiene con firmeza la historia, sobre todo con las actuaciones de Ricardo Darín (Juan Salvo) y César Troncoso (Tano Favalli), que logran una inmersión casi inmediata con sus personajes. No hay grandes gestos, ni personajes épicos que sobreviven contra todo pronóstico, como se da el caso en otras producciones audiovisuales de este estilo. Y eso es coherente con una serie que no busca construir héroes tradicionales, sino mostrar a personas comunes enfrentando lo impensado. Esa mirada, más humana, es otro de los aciertos que la alejan del molde habitual.

La historia cumple, establece un conflicto, desarrolla personajes y mantiene el interés capítulo a capítulo. Sin embargo, hay momentos donde se vuelve predecible, como si se dejara llevar por una lógica televisiva que le resta profundidad. Se echa de menos un quiebre, una sorpresa estructural o estética que rompa con la línea clásica y desafíe al espectador más allá del plano emocional, quizás uno de esos plot twist que te sorprenden y te dejan con ganas de devorarte la serie.

Donde sí logra una profundidad distintiva es en su forma de abordar lo colectivo. Mientras muchas ficciones apocalípticas optan por retratar la supervivencia como una experiencia individual, El Eternauta pone el foco en la organización, la cooperación, la confianza mutua. La resistencia no nace del aislamiento, sino del encuentro. Y ese elemento cobra aún más sentido en una región donde las crisis han sido históricamente enfrentadas desde lo común, no desde el sálvese quien pueda.

Claro que no es una serie perfecta, a ratos parece contenerse demasiado, como si temiera alejarse de la fidelidad al cómic o del gusto masivo. Hay margen para mayor audacia visual, para decisiones más riesgosas en la estructura narrativa. Pero incluso

con esas limitaciones, logra algo valioso, instalar una historia compleja sin subestimar a su audiencia y lo hace desde una sensibilidad que se siente cercana, propia, latinoamericana. Eso es lo que la desmarca del resto.

El éxito de audiencia confirma que hay apetito por relatos con identidad, que se atrevan a contar desde este lado del mapa, que no imiten sino que propongan. El Eternauta no solo recupera un clásico, lo reinterpreta. Y en esa operación deja abierta una posibilidad que el audiovisual regional debe mirar con atención, la ciencia ficción también puede hablarnos de lo que somos cuando se narra desde nuestras coordenadas.


Foto: Captura capitulo El Eternauta

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