Cada mañana, la televisión chilena pierde la oportunidad de entregar contenido profundo. Lo que alguna vez pretendió ser una vitrina de servicio público, información ciudadana y orientación en la vida cotidiana, hoy se ha convertido en un espectáculo vacío, donde lo irrelevante ocupa más espacio que las verdaderas urgencias sociales. Ejemplo de ello es el tratamiento desproporcionado que han tenido en los últimos meses las fiscalizaciones vehiculares, convertidas en un show que roza el morbo y el ridículo.
El rostro más reciente de esta decadencia es el periodista Tomás Cancino, quien ha sido duramente cuestionado por su estilo burlesco durante despachos en vivo para el matinal Contigo en la Mañana de Chilevisión. Cancino ha protagonizado coberturas de fiscalizaciones en terreno donde, en lugar de informar, pareciera buscar la risa fácil a costa del malestar o la vergüenza ajena. El impasse con un conductor que estaba siendo fiscalizado, al que Cancino ridiculizó frente a cámara, ha generado más de 800 denuncias ante el Consejo Nacional de Televisión (CNTV), según lo informado por BiobioChile.
El mismo periodista confesó días antes, en declaraciones recogidas por La Cuarta, que estas coberturas forman parte de su trabajo: “Estoy obligado por la pega”, señaló. Lo que se plantea como una justificación, termina siendo una revelación triste, la televisión matinal ha normalizado el uso del reportero como un bufón en la calle, en lugar de ejercer un periodismo responsable y crítico.
Frente a este caso, el canal suspendió por varios días las transmisiones en vivo de fiscalizaciones, como informó El Ciudadano. Pero este acto parece más una estrategia que una reflexión profunda sobre el rol de los medios. Este tipo de notas centradas en lo anecdótico y emocional desplazan con fuerza los temas fundamentales que deberían ocupar el debate público. El aumento de la pobreza, el deterioro de la salud mental, el abandono de la educación pública o las políticas urgentes para enfrentar la desigualdad.
Creo que la pérdida de espacios reflexivos y la obsesión por el rating han generado una cobertura empobrecida, sin contexto y sin profundidad. Esto no solo aplica al periodismo cultural, sino también al periodismo televisivo en su formato matinal. La televisión no solo informa, crea imaginarios, sensibilidades y percepciones sociales para quienes no tienen la oportunidad de informarse por otra vía. Cuando el foco está puesto obsesivamente en fiscalizar autos, mostrar riñas callejeras o hacer concursos de cocina entre famosos, se deja de lado la posibilidad de usar ese tiempo y espacio para iluminar las zonas oscuras y abandonadas del país. Hoy, Chile necesita más que nunca medios que contribuyan al pensamiento crítico, al diálogo ciudadano y a la visibilización de los problemas reales.
La ciudadanía no está exenta de responsabilidad. Mientras más audiencias premien este tipo de contenido con su atención, se mantendrá este modelo degradado de hacer televisión. Pero también hay esperanza, ya que el volumen de denuncias, la crítica pública y las conversaciones en redes sociales muestran que existe un malestar con este modelo de TV simplista.
En un país donde miles viven en campamentos, donde los suicidios en adolescentes aumentan, donde la salud mental se deteriora en silencio, dedicar horas a ver si un conductor tiene o no los papeles al día, no es solo una mala decisión editorial, es una falta ética grave. Es momento de exigir más contenido con sentido, más responsabilidad, más periodismo y menos show.

