La crisis entre Estados Unidos y Venezuela ha alcanzado un nuevo y peligroso punto de inflexión. La evidente presión militar junto con las acciones legales por parte del presidente Donald Trump se han topado con la fuerte resistencia del líder venezolano, Nicolás Maduro, quién en respuesta ha realizado una movilización militar dentro del país y ha hecho varios llamados al diálogo.La Administración Trump, bajo la premisa de combatir el “narcoterrorismo” y el narcotráfico en el Caribe, ha desatado una serie de medidas sin precedentes que han militarizado la región y cortado casi por completo los canales diplomáticos.
Las acciones de EE.UU durante este año se han centrado en un cerco militar y acciones legales, como nombrar a ciertos grupos de terrorismo y ofreciendo recompensas por la captura de su líder. En un movimiento que comenzó en enero y se consolidó en julio, Washington designó a varios grupos, como al Tren de Aragua, el Cartel de Sinaloa y el presunto grupo criminal vinculado al gobierno venezolano, el Cártel de los Soles, como organización terrorista extranjera. Esto fue seguido por un aumento de la recompensa por la captura de Nicolás Maduro a $50 millones de dólares.La escalada alcanzó su punto máximo en agosto con una orden secreta que permite el uso de la fuerza militar contra cárteles considerados terroristas. El 1 de octubre, Trump formalizó la situación ante el Congreso, declarando un “conflicto armado no internacional” con “combatientes ilegales”.
En noviembre, el presidente Trump declaró que el espacio aéreo “sobre” y “alrededor” de Venezuela debía considerarse “cerrado por completo”. Ese mismo mes, autorizó un plan de operación secreta de la CIA en territorio venezolano, mientras que el enviado especial Richard Grenell recibió la orden de suspender todas las conversaciones diplomáticas.El gobierno de Nicolás Maduro ha reaccionado a la presión estadounidense con un discurso combativo y anunciando la movilización de más de 4 millones de soldados de la Milicia Bolivariana. La Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) ha desplegado Unidades de Reacción Rápida (URRA) y movilizado sistemas de misiles avanzados como el S-300 y el Buk-M2E que refuerzan la defensa aeroespacial, en respuesta a los aviones de combate estadounidenses que circulan por su costa. En septiembre, dos aviones F-16 venezolanos sobrevolaron un buque de guerra estadounidense.
Maduro ha calificado el despliegue de EE.UU como una “amenaza de invasión” y una “agresión a la soberanía” cuyo objetivo real es el “cambio de régimen” para apoderarse de los recursos naturales del país. El líder venezolano declaró que si el país es atacado, declararía constitucionalmente una “república en armas”.
A pesar de la tensión, Maduro ratificó que el diálogo y la diplomacia son el único camino para la paz. Confirmó una conversación telefónica con Trump el pasado mes de noviembre, calificándola de “respetuosa, inclusive cordial”, y afirmó que si esto significaba un camino hacía una solución pacífica, esta sería “bienvenida”. Mientras tanto, Maduro no ha tardado en denunciar los ataques ante el Consejo de Seguridad de la ONU y ha reforzado sus alianzas con Rusia y China, buscando apoyo internacional y militar.
La situación actual deja a la región en un estado de máxima alerta, con la presencia militar estadounidense dominando esta parte del Caribe bajo el nombre de operación “Lanza del Sur” (Operation Southern Spear) cuyo objetivo es “defender la patria” y “eliminar narcoterroristas”. Este despliegue cuenta con unos 15.000 efectivos navales, incluyendo el portaaviones USS Gerald R. Ford, “La Fortaleza Flotante”, junto con destructores y submarinos nucleares. Desde septiembre, EE.UU comenzó a ejecutar ataques aéreos contra buques ocupados por supuestos narcotraficantes, lo que ha reportado 21 ataques y 82 muertes de “narcoterroristas” hasta diciembre.

