Jueves, Agosto 27, 2026

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Seis meses de guerra en Irán: un shock de alcance global

Foto: Arash Khamooshi, The New York Times

Medio año se cumple desde el inicio de la guerra entre las fuerzas de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán. El conflicto, que comenzó como una confrontación por el programa nuclear iraní, terminó convirtiendo al estrecho de Ormuz en uno de los principales puntos de presión de la economía mundial. Al ser Irán uno de los países con mayor control de este paso estratégico, logró afectar directamente el transporte y el precio del petróleo, la inflación y el comercio internacional. En territorio nacional, el impacto no derivó en una crisis económica, pero sí se reflejó en un alza récord de los combustibles.

El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel iniciaron una operación militar contra Irán con dos objetivos: instalaciones nucleares y militares iraníes. Ese ataque marcó el comienzo de una guerra que, seis meses después, continúa sin una solución definitiva.

El conflicto no nació propiamente por el control del estrecho de Ormuz. Su origen se encuentra en una disputa mucho más amplia: el programa nuclear iraní, su capacidad militar y la lucha por el equilibrio de poder en Medio Oriente. Sin embargo, Ormuz se transformó rápidamente en el principal escenario económico de la confrontación. “Hay un nuevo reordenamiento geopolítico donde Estados Unidos protege los intereses de su aliado natural, Israel. Este escenario involucra la dificultad de traslado de ciertos productos, donde naturalmente China también ve condicionado su comercio internacional”, comenta Máximo Quitral, historiador y doctor en Ciencia Política.

Antes de la guerra, una parte fundamental del petróleo y gas que abastecía a los mercados internacionales circulaba por este estrecho. La interrupción del tráfico convirtió una crisis regional en un problema global. A mediados de agosto, la agencia Reuters estimaba que los envíos de petróleo a través de Ormuz habían caído de 18 millones de barriles diarios a alrededor de 2 millones, una baja que reflejaba el colapso del tráfico marítimo en la zona. Incluso se reportó que algunos buques navegaban con sus sistemas de identificación apagados para evitar ser detectados.

Lo que surgió como una disputa nuclear provocó el cierre de una arteria vital para la economía mundial. El programa nuclear iraní es uno de los principales puntos del conflicto: tanto Israel como Estados Unidos sostienen que la capacidad iraní de enriquecimiento de uranio constituye una amenaza estratégica y que Teherán podría acercarse a la posibilidad de desarrollar un arma nuclear, advertencia que ambos países han mantenido desde 1995. Irán, por su parte, ha defendido el carácter civil de su programa y su derecho a desarrollar tecnología bajo el tratado de no proliferación.

A ello se suma su programa de misiles balísticos y drones, además de la extensa red de aliados y organizaciones armadas que Teherán ha cultivado durante décadas en la región. El ataque del 28 de febrero llevó la confrontación a una nueva etapa: Irán respondió con ofensivas contra Israel, fuerzas estadounidenses y objetivos en distintos países del Golfo. La muerte del ayatolá Alí Jameneí durante los primeros ataques elevó aún más la magnitud política y militar de la guerra. El Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos describió el conflicto como una confrontación en la que los objetivos nucleares, militares y estratégicos iraníes fueron atacados, pero cuya solución política sigue pendiente.

Fue entonces cuando el estrecho de Ormuz apareció como una herramienta de presión a favor de Irán. Al conectar el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y, desde allí, con las principales rutas marítimas hacia Asia, este paso se convirtió en la principal puerta de salida para la exportación energética de países como Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos e Irán.

El conflicto alteró el flujo de petróleo y gas natural licuado, obligando a empresas y gobiernos a buscar rutas alternativas más largas y costosas, asumir mayores riesgos de transporte o, simplemente, reducir sus exportaciones. En agosto, Irán declaró que el estrecho permanecería cerrado hasta que se cumplieran sus condiciones: levantar el bloqueo a sus puertos, retirar las sanciones petroleras y cesar las amenazas militares.

El resultado es un escenario de incertidumbre que, seis meses después del inicio de la guerra, todavía no tiene una salida clara. El costo no se limita únicamente a los daños militares, sino también a las consecuencias civiles, políticas, religiosas y económicas.

El Banco Mundial proyectó en junio que el crecimiento económico de Medio Oriente, África del Norte, Afganistán y Pakistán caería de un 4% en 2025 a apenas 1,6% en 2026. La institución atribuyó el deterioro, entre otros factores, a la guerra, al encarecimiento de la energía y a los mayores costos de transporte.

El impacto ha sido particularmente fuerte en los países que dependen de la exportación de hidrocarburos. Para los productores de petróleo y gas de Medio Oriente, el Banco Mundial redujo su proyección de crecimiento para 2026 a apenas 0,3%, es decir, 4,3 puntos porcentuales menos que la estimación realizada en enero. La caída en la producción energética, sumada a las interrupciones comerciales, el desplome de la actividad turística y el aumento del gasto militar, explica buena parte de ese deterioro.

Entre todos los países involucrados, Irán enfrenta uno de los escenarios más complejos. Las sanciones internacionales ya habían reducido su margen económico antes de la guerra, y el conflicto profundizó las restricciones comerciales, afectó sus exportaciones de petróleo y aumentó la presión sobre su moneda. En agosto, Reuters informó que la inflación iraní alcanzó aproximadamente 66% en julio, mientras que los precios de los alimentos subieron 128% interanual. La depreciación del rial y las dificultades para acceder a bienes importados agravaron el deterioro del poder adquisitivo. “Irán siempre se preparó económica, armamentista y políticamente para este tipo de eventos, sabiendo que en algún momento Occidente intentaría terminar con su estructura teocrática. Por eso ha logrado resistir y poner en jaque a Estados Unidos”, explicaba Máximo Quitral.

Sin embargo, Teherán conserva una herramienta que pocos países poseen: la capacidad de afectar una de las principales rutas energéticas del mundo. Esa ventaja le permite ejercer presión sobre Estados Unidos y sus aliados, aunque también genera un problema interno. Si el tránsito energético se reduce, disminuyen las posibilidades de vender y transportar su propio petróleo, convirtiéndose en un arma de doble filo.

Las soluciones para cruzar el estrecho pasan por rutas alternativas, más largas y costosas. Los buques que transitan por zonas de riesgo deben recorrer mayores distancias, mientras las aseguradoras elevan sus primas ante el peligro de ataques.

El impacto de la guerra sobre la economía mundial se refleja en la reducción del transporte energético a través del estrecho de Ormuz. Esta disminución provoca un alza en el precio del petróleo, encarece los combustibles y, en consecuencia, eleva los costos del transporte. El efecto en cadena repercute directamente en los costos de producción y ejerce presión sobre los precios finales. Así se explica cómo un conflicto localizado en Medio Oriente puede terminar afectando a consumidores en países tan distantes como Chile.

Para Chile, la vulnerabilidad ante este escenario es estructural debido a su extrema dependencia de suministros energéticos externos. “Chile importa prácticamente el 98% del petróleo que consume y, aunque el crudo bajó tras tocar un máximo de 115 dólares por barril. Esta alza internacional del precio del petróleo derivó directamente en un aumento en el combustible minorista, la bencina subió de golpe, tuvo un impacto importante en el IPC los meses de marzo y abril. Como sube el IPC de golpe también sube la UF y con eso te suben todos los servicios principalmente que están indexados a esa moneda, arriendos, dividendos, créditos y matriculas”, explicaba Felipe Salce, economista y académico de la Universidad de Atacama.

A pesar de la posterior moderación de los precios internacionales del crudo, la estructura de estabilización interna impide un alivio inmediato para los consumidores nacionales. “El sistema del MEPCO hace que las bajas locales sean muy lentas y, para ver precios similares a los de antes de la guerra, necesitaríamos bajas internacionales sostenidas por tres o cuatro meses adicionales, lo cual es bastante difícil en el panorama actual”, comenta Salce.

Chile no participa directamente en la guerra ni depende de las importaciones provenientes de Irán para sostener su economía, pero sí depende del mercado internacional del petróleo. Por eso, el conflicto impactó principalmente a través del alza en los combustibles y la inflación. En febrero, antes del inicio de la guerra, la inflación anual chilena se situaba en 2,4%, tras descender desde 3,4% en noviembre. Cinco meses después, el IPC de julio registró un aumento de 0,1% mensual y acumuló 2,9% en lo que va de 2026. La inflación a doce meses alcanzó 3,5%.

El salto no puede atribuirse exclusivamente al conflicto, ya que la economía chilena enfrenta también factores internos que afectan los precios y la actividad. Sin embargo, existe una evidencia particularmente fuerte: el propio Banco Central identificó el conflicto en Medio Oriente como la causa principal del shock de costos que impulsó la inflación en los meses posteriores al inicio de la guerra.

El efecto no se limita al ámbito económico. El 22 de agosto, el Ministerio de Relaciones Exteriores anunció el término de las funciones y actividades de la embajada de Chile en Irán a partir del 31 de agosto. La Cancillería justificó la decisión por razones de reordenamiento operativo y por medidas preventivas de seguridad derivadas de la situación regional. Al mismo tiempo, aclaró que el cierre de la embajada no implica la ruptura de relaciones diplomáticas entre ambos países. “Este conflicto ha traído consigo la imposición de nuevas tasas arancelarias por parte de Estados Unidos. La relación con China también está generando costos para Chile, lo que ha obligado al país a restarse de algunos espacios multilaterales y a firmar acuerdos diferentes con Washington para ratificar su cercanía con la administración de Trump”, comenta Quitral.

El 24 de agosto, Irak propuso a Irán y Arabia Saudita la creación de un consejo conjunto de coordinación de seguridad, una iniciativa destinada a evitar que el conflicto continúe expandiéndose. Por ahora, se trata solo de una propuesta y no de un acuerdo.

Seis meses después del inicio del conflicto, la guerra no ha terminado ni el tráfico marítimo se ha normalizado. Los buques que atraviesan el estrecho de Ormuz siguen representando apenas una fracción de los niveles previos, mientras las declaraciones de Estados Unidos e Irán continúan siendo contradictorias respecto de cuánto petróleo está regresando a la ruta y cuándo podría alcanzarse una tregua. “La crisis se va a extender debido a la disputa económica global. No será fácil que termine prontamente porque, independiente de cualquier acuerdo diplomático que se pueda sostener, Occidente siempre va a querer borrar a Irán del mapa”, comenta Quitral.

El conflicto, originado en torno al programa nuclear iraní, convirtió al estrecho de Ormuz en un instrumento de presión sobre la economía mundial. Medio Oriente paga el costo directo de la destrucción y la interrupción de su producción; Estados Unidos enfrenta un aumento del gasto militar y presión sobre sus consumidores; los mercados internacionales soportan mayores costos energéticos y logísticos. Chile, en cambio, ocupa una posición intermedia: lo suficientemente distante para evitar la devastación física de la guerra, pero lo bastante integrado a la economía global como para recibir sus consecuencias.

El resultado hasta ahora no ha sido una crisis nacional, sino un shock económico parcialmente compensado: el petróleo encarece la vida, el cobre sostiene los ingresos, la inflación aumenta y la economía resiste. Mientras en Teherán y Washington no se vislumbra una solución definitiva, Santiago ajusta su presencia diplomática en la región y Bagdad intenta abrir una nueva vía de diálogo entre Irán y Arabia Saudita. A seis meses del inicio de la guerra, Ormuz sigue demostrando que un estrecho de apenas unas decenas de kilómetros puede tener repercusiones que alcanzan prácticamente todos los rincones de la economía mundial.

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