El primer libro de Carolina Reyes Torres, Horario Continuado, se proyecta como un punto de partida sólido en la construcción de crónicas que invitan al lector a participar del texto, desde la identificación de quienes crecieron en Chile durante los últimos 50 años.
En este escenario, la autora ostenta una envidiable habilidad para mezclar con suma naturalidad la intimidad de su historia con distintos hechos políticos, sociales y culturales que, en conjunto, entregan al lector una línea temporal implícita de la que agarrarse, mientras recorre este camino de 20 paradas estructuradas por Reyes.
Las dudas pueden surgir con solo ver la portada —en el mejor de los sentidos— al intentar entender por qué el libro se llama Horario continuado. Así, cada crónica contribuye a la elaboración de una posible respuesta como parte de un viaje que se asemeja a la experiencia de sentarse en un café con la autora a hablar sobre diversas cuestiones, con la comodidad suficiente para abordar temas como feminismo, capitalismo, pandemia, dictaduras, alienígenas o si Shakira hizo bien al dejar en evidencia la infidelidad de Piqué.
Sin embargo, hay puntos que diluyen el ritmo general de esta obra. Carolina Reyes tiene la capacidad de generar rápido un gancho en su público, pero, al comienzo del texto, la lectura avanza con lentitud debido a que aborda gran parte de los temas con una constante mirada pesimista. Un ejemplo de esto es cuando menciona en Los problemas de volar que la destruye pensar en un viaje de una semana que parece un comercial de Kem Piña. Una afirmación como esa hace que el lector se detenga y cuestione: ¿realmente es tan malo relajarse un par de días después de haber trabajado tanto?
Además, no todas las crónicas tienen la misma fuerza narrativa, ya que algunas destacan por su profundidad, mientras otras reiteran ideas ya presentadas. Un ejemplo de esto son El infierno y La sangre, que son atractivas por sí solas, pero en conjunto con el resto del libro vuelven a abordar los miedos e inseguridades presentes desde las primeras páginas.
Esta idea toma más fuerza al leer la última de las crónicas, aquella homónima al título del libro. En este último tramo, Carolina Reyes da un cierre genial a su obra al recurrir a la nostalgia, la que es probablemente su mejor aliada en la narración del libro. Casi con un lenguaje técnico sobre los relojes y el tiempo, Reyes deja entrever que la vida misma es una construcción de horario continuado, en la que se puede perder la percepción del paso de las horas o de los años, pero que cada persona llevará consigo todo lo vivido.
De esta manera, el libro no es solo una curaduría de crónicas que tienen puesto el toque pícaro en lo político e ideológico, sino que también es un espacio íntimo en el que el lector puede proyectarse en las vivencias de la autora, estar o no de acuerdo con sus opiniones, pero que sí la puede acompañar en un viaje temporal difícil de detener para cualquiera.

